La niña


La mañana avanzaba lenta. El invierno precoz ya se mostraba.
 El sol, con su luz esmerilada, difusa,  apenas calentaba. El campo, amarillo de frío, envolvía la casa. Una casa pequeña, con un patio con flores de un terco color rojo, se destacaba en la ladera de la loma cercana.
Afuera, en el patio de balasto y ligustros, la niña jugaba. Sentada en una silla pequeña jugaba. Jugaba con tacitas, platillos y cucharas.
Asomada por la ventana, una mujer de treinta y pico de años la miraba, mientras hacía las cosas de la casa.  Asomada por la ventana la miraba.

En el patio de balasto y ligustros la niña jugaba, arrancaba hojas de colores del árbol otoñal y juntaba piedritas. Compartía sus tacitas con las muñecas. Iba y venía por el patio. La niña jugaba sola.
Asomada por la ventana,  la  mujer la cuidaba, hacía las camas, barría y la miraba, de nuevo asomada.
Al otro lado del camino, el vecino trabajaba. En lo alto del terreno de la casa de en frente araba la tierra. Una nube de polvo lo cubría de a ratos. Araba la tierra que levantaba vuelo con el viento suave, como golondrina a destiempo, atrasada.
La niña jugaba en el patio de balasto y ligustros, con sus muñecas y sus tazas. Y con sus perros: Pirata, la perra blanca con una mancha negra en el ojo y Cuqui, su cachorro. La niña jugaba con las tacitas, las muñecas y los perros.
La mujer se asomaba por la ventana, barría, sacudía, limpiaba y se asomaba de nuevo, la vigilaba.
Los perros salieron apresurados por el sendero hacia el campo, entre  espartillos y chilcas. Se fueron.
La niña dejó las muñecas y las tazas, dejó la silla, se fue. Se fue por el sendero de altas chilcas, tras los perros.
La mujer barría, hacía las camas.
Enfrente, el vecino araba la tierra.
La niña se alejaba tras los perros.
La mujer se asoma  por la ventana, sale al patio, la llama, grita.
-¡Nena!... ¡María!
La niña sigue a los perros por el sendero. Se aleja. Las chilcas, ahora gigantes, la ocultan. Sigue a los perros por el sendero.
¡Nena!... ¡María! -la madre la llama, grita, clama.
El padre la llama: -¡Nena!... ¡María!...
El hermano la llama: -¡Nena! ¡María!
Al otro lado del camino, el hombre que  araba  la tierra, levanta la cabeza, detiene el tractor, escucha los gritos de la madre, del padre, del hermano, a lo lejos, el ladrido de los perros.
La niña sigue a los perros, la madre grita, el hombre levanta la cabeza.
La niña va tras los perros, la madre llora, el hombre la ve a lo lejos.
¡Nena!, ¡María! ¡Mamá te llama!
¡Allá, allá está la niña, sigue a los perros por el sendero del monte entre las chilcas!
La niña ríe, los perros ladran, la madre llora, el hombre ara la tierra otra vez.

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